Necesitamos contar lo que nos ocurre, verbalizarlo (escribirlo), descifrar y dar nombre a lo que nos rodea, inventando y reinventándonos cada día. La objetividad sobre los sucesos es pura falacia, todo consiste en un punto de vista, “(…) quién somos como sujetos autoconscientes, capaces de dar sentido a nuestras vidas y a lo que nos pasa, no está más allá, entonces, de un juego de interpretaciones(…)” . Somos lo que somos capaces de contar.

Paul Ricoeur (1996) afirma en “Tiempo y Narración” que “(…) la historia de una vida es refigurada constantemente por todas las historias verídicas o de ficción que un sujeto cuenta sobre sí mismo. Esta refiguración hace de la propia vida un tejido de historias narradas ”.

La narración del yo, entendida como proceso básicamente reflexivo, es búsqueda del encuentro del hombre consigo mismo desde la oportunidad de dar a leer al otro su vida hecha escritura. Cuando el individuo se narra, el yo se constituye por medio de un discurso escrito, y también del discurso verbal, interpretando y dándose así una identidad en diálogo con el otro: lector o escucha.

Al narrarse, el individuo da rienda suelta a ese pasado que está llamando continuamente a su presente, recordándole que no está muerto. Ese pasado es producto de la escritura –o la oralidad, según se mire- en cuanto el autor necesita comprenderse desde el tiempo vivido, el tiempo presente y el tiempo por vivir. Son estas letras narradas sobre el yo las que tejen la construcción de una identidad que, básicamente, es narrativa.

“Decir identidad de un individuo … es contestar a la pregunta ¿Quien ha hecho tal acción? En primer lugar se contesta a esta pregunta nombrando a alguien, esto es, designando un nombre propio. Pero ¿cuál es el soporte de la permanencia de un nombre propio ¿Qué es lo que justifica que se mantenga el sujeto de la acción, designado de este modo por su nombre, como el mismo a lo largo de toda una vida que se extiende desde el nacimiento hasta la muerte? La respuesta no puede ser más que narrativa. Responder a la cuestión ¿quién? Tal como había señalado fuertemente H.Arendt, es narrar la historia de una vida. La historia narrada dice el quien de una acción. La identidad del quien no es pues, ella misma más que una identidad narrativa. Sin el auxilio de la narración, el problema de la identidad personal está, en efecto, condenado a una antinomia sin solución: o bien se mantiene un sujeto idéntico a sí mismo en la diversidad de sus estados; o bien se acepta, en continuidad con Hume y Nietszche, que este sujeto idéntico no es más que una ilusión sustancialista, cuya eliminación no deja aparecer más que una pura diversidad de cogniciones, emociones, voliciones”. (Ricoeur, P. 1996)

Esta identidad narrativa consiente al individuo abrazar la totalidad de sus acciones como propias, reconocerlas, identificarlas e interiorizarlas en la singularidad de una unidad temporal única que rompe con las barreras aristotélicas de la concepción del tiempo.

En este proceso de construcción identitaria el sujeto de la acción aparece como el lector y el escritor de su propia vida. El yo actúa en el mundo y en el seno de un contexto dado, pero al mismo tiempo, el sentido de su acción sólo le es accesible a través de la lectura de su historia: en el mismo momento en que me comprendo a mí mismo a través de la narración, me construyo.

De este modo, la mediación narrativa, sin dispersarse en una sucesión incoherente de acontecimientos, permite, a su vez, que sea posible rescribir a lo largo de la vida diferentes tramas de la propia existencia.